Voy más allá del síntoma

Porque a veces el síntoma cambia.

Pero tú sigues sintiéndote igual.

Te pongo un ejemplo.

Imagina que se llama Laura.

Tiene 34 años y lleva varios años intentando entender qué le pasa.

Todo empezó con ataques de ansiedad.

Un día, sin previo aviso, empezó a notar que el corazón se le aceleraba.

Le faltaba el aire.

Sentía que iba a pasarle algo.

Pensó que se estaba volviendo loca.

Fue a terapia y aprendió a manejar la ansiedad.

Con el tiempo, los ataques disminuyeron.

Por fin pudo respirar tranquila.

Pero entonces apareció otra cosa.

Empezó a preocuparse constantemente por su salud.

Un dolor de cabeza podía convertirse en un tumor.

Una molestia en el pecho, en un infarto.

Buscaba síntomas en internet.

Se hacía pruebas.

Preguntaba a su pareja si creía que estaba bien.

Necesitaba que alguien le confirmara una y otra vez que no tenía nada grave.

Trabajó sobre ello.

Y mejoró.

Hasta que, meses después, empezó a evitar determinados lugares.

El metro.

Los centros comerciales.

Los sitios donde pensaba que podría sentirse atrapada si volvía a tener ansiedad.

Poco a poco, su mundo volvió a hacerse pequeño.

Otra vez, terapia.

Otra vez, trabajo.

Otra vez, mejoría.

Y entonces, después de varios años, Laura se hace una pregunta:

«¿Cómo puede ser que haya conseguido superar tantas cosas y siga sin sentirme bien?»

Y quizá esa pregunta sea más importante de lo que parece.

Porque no digo que trabajar sobre los síntomas sea malo.

Todo lo contrario.

Si estás sufriendo, necesitamos ayudarte a sufrir menos.

Pero quizá no siempre sea suficiente.

Ya que sería algo así como bajar una fiebre sin atender aquello que lo esta provocando.

Por eso, cuando trabajo contigo, no quiero quedarme únicamente en:

«¿Qué síntomas tienes?»

Quiero entender qué hay detrás.

Qué está pasando en tu vida.

Qué te duele.

Qué mantiene el problema.

Quizás no necesites aprender a sostener un síntoma,

sino trabajar en aquello que lo genera.

Trabajo sin recetas

Porque cada persona es diferente.

Y si cada persona es diferente, como diferentes son sus circunstancias, su historia y la forma en la que se relaciona consigo misma, ¿tiene sentido aplicar las mismas técnicas?

Te pongo otro ejemplo.

Imagina que se llama Marcos.

Tiene 37 años y lleva varias semanas de baja.

Antes quedaba con sus amigos los viernes, iba a CrossFit 3 días a la semana y los domingos desayunaba fuera con su pareja.

Ahora ya no hace nada de eso.

No porque haya decidido dejar de hacerlo.

Simplemente, no le sale.

Se levanta tarde, pasa un rato mirando el móvil y vuelve a meterse en la cama.

Por la tarde empieza a sentirse culpable.

«Debería estar haciendo algo».

«Tengo que espabilar».

«No puedo seguir así».

«Hay gente con problemas de verdad y yo ni siquiera soy capaz de levantarme del sofá».

Desde fuera, podríamos decir que está triste, apático, que ha dejado de hacer cosas que antes le resultaban gratificantes y que su vida se ha ido reduciendo poco a poco.

Podríamos identificarlo como un proceso depresivo.

Y para los procesos depresivos existen intervenciones psicológicas con evidencia, entre ellas la activación conductual y la reestructuración cognitiva.

Dicho de forma llana: hacer cosas y trabajar sobre determinadas formas de pensar.

Hasta aquí, todo parece tener sentido.

Marcos no hace cosas.

Así que le proponemos que vuelva a hacer cosas.

Marcos tiene pensamientos muy negativos sobre sí mismo.

Así que trabajamos para cuestionarlos.

Blanco y en botella.

Es lo lógico.

O eso parece.

Ahora imaginemos que, con la mejor de las intenciones, se le propone un plan para «activarlo» y vuelva a conectar con sensaciones gratificantes.

10.000 pasos al día.

15 minutos de meditación cada mañana.

Llamar a un amigo diferente cada día.

Leer un libro de autoayuda antes de acostarse.

Marcos empieza a hacerlo.

El lunes cumple con todo.

El martes también.

El miércoles no consigue levantarse a tiempo y no medita.

Ese día camina 6.000 pasos en lugar de 10.000.

Por la noche se acuesta pensando:

«Otra vez he fallado».

Y aquí aparece un detalle que cambia la historia.

Marcos es extremadamente exigente consigo mismo.

Se critica hasta por pestañear.

Convierte cualquier error en una prueba de que no es suficiente.

Así que lo que para otra persona podría ser simplemente una lista de actividades, para Marcos puede convertirse en otro escenario en el que demostrarse que vuelve a fallar.

La tarea que pretendía ayudarlo puede acabar alimentando precisamente aquello que lo está haciendo sufrir.

Y quizá lo más complicado sea que, desde fuera, todo puede parecer que va bien.

Porque Marcos está haciendo cosas.

Sale a caminar.

Medita.

Lee.

Habla con sus amigos.

Cumple.

Pero llega a consulta y dice:

«Estoy haciendo todo lo que me dicen que haga y sigo sintiéndome igual».

Entonces quizá la pregunta no sea únicamente:

«¿Qué técnica tenemos que aplicar?»

Quizá primero haya que preguntarse:

«¿Qué está pasando contigo?»

Porque tal vez el problema no sea simplemente que Marcos no haga cosas.

Tal vez haya que explorar qué se dice cuando no las hace, para que se critica, como se siente tras ello, de dónde viene esa exigencia, que heridas emocionales arrastra, etc.

Y eso es lo que para mí marca la diferencia.

No se trata de aplicar una receta que sirva para todo el mundo.

No es lo mismo atenderte a ti que a Lucía, de 23 años, o a Jesús, de 58.

Una técnica puede ser útil para una persona y no tener ningún sentido para otra.

Por eso no trabajo con protocolos prediseñados.

Primero está la persona.

Después, las técnicas.

Utilizo un enfoque integrativo

Para no seguir recetas, tengo que saber de muchos estilos de cocina.

El chino se sentirá más familiarizado con el pato laqueado de Pekín.

El marroquí, con el cuscús.

El español, con la paella.

Pero si solo sé cocinar paella, intentaré hacer paella para todo el mundo.

Y no todo el mundo necesita paella.

Yo me adapto a ti y no al revés.

Por eso trabajo desde diferentes enfoques terapéuticos.

Cada escuela tiene algo que puede aportarte.

Y cada una permite mirar determinadas situaciones desde una perspectiva diferente.

El problema aparece cuando intentamos forzar una técnica o un enfoque sobre una circunstancia para la que quizá no sea el más adecuado.

Porque no puedo trabajar contigo igual que lo haría con Lucía, de 23 años, que con Jesús, de 58.

No es lo mismo abordar una ansiedad que aparece ante un acontecimiento vital estresante que otra relacionada con una autocrítica constante.

Ni es lo mismo que cuando esa ansiedad está vinculada a una herida emocional que se activa cada vez que tienes que confrontar a tu jefe por un trato abusivo.

La persona es la misma.

Pero la historia no.

Y si la historia cambia, quizá también tenga que cambiar la forma de trabajar.

Por eso no quiero que seas tú quien tenga que encajar en una terapia.

Quiero encontrar la terapia que tenga sentido para ti.

No hay una mesa entre tu y yo.

Hay algo que considero fundamental en terapia:

el vínculo.

No puedes hablar de determinadas cosas, mostrarte como realmente eres o explorar aquello que más te duele si no sientes que estás en un espacio seguro para hacerlo.

Por eso, mi manera de hacer terapia es:

CERCANA

SIN TECNICISMOS

SIN JUICIO

HONESTA

Y, cuando sea necesario, también CONFRONTATIVA.

Siempre desde el respeto.

Porque acompañarte no significa darte siempre la razón.

No hay una mesa entre tú y yo.

No voy en bata.

Solo dos personas:

TÚ, la persona que mejor conoce su propia vida.

y

YO, un profesional que pone a tu disposición su experiencia, sus conocimientos y una mirada externa para ayudarte a comprender, afrontar y trabajar aquello que te está pasando.

Solo eso.

Y, a la vez, todo eso